REVISTA LITERARIA
Edición Nº 4





LILIANA LEÓN TRUJILLO

Una cubana en Buenos Aires

EVA

“Y dios me hizo mujer”

Gioconda Belli


Eva es una mujer de muchos apetitos

ni un árbol cargado de manzanas le bastaría.

Eva fue a comprar un vestido nuevo

para que Adán tuviera un pecado nuevo.

Eva con implantes, sin sobrantes,

Con múltiples orgasmos o sin ellos.

Eva fue castigada a priori

Por muchas razones buenas, malas,

argumentadas, irrevocables razones.

- Fue sacada del encanto de forma irreversible.

Eva no tuvo tiempo de despedidas,

menos de arrepentimientos.

Eva en plano principal más no para los elogios,

Eva hecha conflicto y moraleja.

Así que Eva dijo, un día, no.

Y pagó de niña, pagó de vieja

hasta el último centavo de dolor

de una cuota eterna.

Entró y salió como león

A través del aró de fuego del dolor.

Todos los meses dolor, en los mejores

en los peores momentos dolor.

Eva un día dejó de lamentarse,

dejó de ser un chivo expiatorio

de tenerse lástima así misma.

Eva cíclope, Eva posada en tu nariz,

Eva zumbando en tus oídos, suicida,

muerta- viva, psicópata sin terapeuta.

Eva sádico masoquista, andrógina.

Eva con la sola impotencia del olvido.

Dueña de una herencia que la hace interminable.

Que hay de negativo en ser un poco malo,

un poco bueno,

que hay de malo en ser un poco Eva.


THEODOSIO BARRIOS

ELDORADO - MISIONES

JUI TABY RA

El Hombre antes de serlo

fue Dios mismo pretendiendo ser más.

Ciclo demencial, túnel a ninguna parte

lo arrastró a triviales urgencias.

Y Dios se enamoró de su aspecto,

nació en cada amanecer y murió entrada la noche.

Se reprodujo de tal modo en tantas moléculas

que le fue imposible volver a ser el mismo,

Uno, Ser, Infinitud.

Y pudo copular hasta el hartazgo,

disfrutar de frescuras inmensas

de colores, olores y tersuras.

Conoció la sensualidad de la tierra,

quiso tenerla, se revolcó en pólvora asesina,

sembró laureles sobre lo ajeno,

generó intrigas, luego espanto marcial a su paso.

Justificó la miseria, la esclavitud y la tortura

y construyó glamorosos templos

donde rendir culto a su vanidad.

Pero ni siquiera a Él le está permitido

tomar lo no debido

según sus propias reglas.

Se enamoró del reflejo de su imagen

sobre grandes lagos de agua estancada,

y, para rememorar su poder perdido,

de un soplo terminó con selvas sagradas,

derritió glaciares y contaminó todo a su paso

con terror, soborno y muerte.

Y fue creciendo más aun

saltando de un cuerpo a otro, de átomo a átomo,

de molécula a molécula.

Pero algo salió mal

Ya no volvió a ser el mismo,

quedó atrapado en una jaula

de podredumbre, corrupción, pánico y mentiras

de soledad, desesperanza y pasión.

Aun cuando tuviera inmenso poder

no pudo volver.

Algo salió mal -en el fin de todos los finales-

se arrastró hasta el borde del abismo de todas las conciencias

de cada elemento palpable e insustancial

y sólo quiso llorar, llorar, llorar

con lágrimas de fuego y peste

como sólo Él puede llorar.




Tengo la boca seca

de tener quieta la lengua.

Agua sal en las manos

como un estanque sin vida.

De no moverme

los callos de mis pies se metieron

al refugio menos ardiente de mi memoria.

Tengo un hueco en la mirada:

ni crepitar de fogatas

ni glaciares de mar profundo.

Llego a mí cuando ya no hay nadie

y en cada amanecer muero de amor solitario.

Busco

-quieto-

con el pensamiento:

¿Cuál de todas las sombras

llevaré conmigo

al sagrado huerto del olvido?


MARY QUINTEROS

VILLA CARLOS PAZ- CORDOBA

DESPOJOS (DESPUES DE TÍ))


Soltaste tu jauría, los animaste

a que me atosigaran.

Furibundos, irascibles, famélicos

Iban tras mis despojos

Apetecían lo que de mí quedaba.

Sus fauces espumosas

codiciaban mis segmentos,

húmedas y deseosas de esta sangre mía.

Emanaban ese hedor a muerte y regocijo.

Mis potestades iban amainando.

Ahora te miro desde el borde del abismo.

Tu triunfo, tus laureles y tu gloria,

Mi voluntad esta asediada y desde el sigilo

solo diviso tu conquista.

Ya no me quedan fuerzas, te lo advierto.

Conjeture desde el principio

Que no podría con tu omnipotencia.

Estás hecho de hielo y de hieles

Tu dermis es de amianto, irreductible.

Ya no me siento, ya no me pertenezco.

Puedes hacer conmigo lo que quieras

Dispón de mis vestigios

Que tu jauría se enmarañe a mi cadáver.

Abro los ojos y te distingo satisfecho.

Es tu victoria, así lo pergeñaste…





ROLANDO REVAGLIATTI

BUENOS AIRES

NOSOTROS NO

No hemos sido nosotros

quienes entre 1600 y 1850 hemos asesinado

sistemáticamente a más de 30 millones de indígenas

durante la colonización de Norteamérica

ni quienes a partir de 1619

legitimamos y establecimos el uso de prisioneros africanos como esclavos

situación que jurídicamente sólo vino a terminar en 1995;

no hemos sido nosotros quienes nos apoderamos

de Texas, California y Nuevo México entre 1846 y 1848

tras promover y financiar un movimiento de secesión en estos territorios mexicanos

ni quienes anexamos a Hawai en 1898 e intervinimos

en la política de los países centroamericanos, anexando

también a Filipinas, Guam y Puerto Rico;

no hemos sido nosotros quienes, por supuesto, innecesariamente

atacamos con bombas atómicas

a ciudades de Japón, como muchos recuerdan, en 1945

ni quienes una y otra vez

nos involucramos en guerras foráneas

y conquistando nuevos territorios

o áreas de influencia

declaramos la guerra a Corea

intervinimos en la política sudamericana

y a tantos masacramos en la guerra de Vietnam;

tampoco hemos sido nosotros

quienes invadimos a la República Dominicana en 1965

y reiteramos la experiencia en Panamá y Granada,

Afganistán e Irak

ni quienes en los primeros años del siglo veintiuno

mostramos abierta y sangrientamente la pretensión de dominar

a todas las razas y culturas;

de ningún modo somos nosotros

los que devoramos cerca del 40% de toda la Energía

incluyendo combustibles, alimentos y agua

ni quienes apostamos al sustento del mayor arsenal operativo nuclear de todo el Planeta.

Repudiamos nosotros, no sin énfasis

que se nos endilguen estos dichos, y aun otros, y otros

con esa liviandad, animosidad manifiesta

y afán estigmatizante que a ustedes los caracteriza

al tiempo que denegamos

haber ido deviniendo en el Supremo

Energuménico

Enemigo de la Humanidad.



ROLANDO REVAGLIATTI

CONDUCTOR

En la vereda de un cine céntrico, después de descubrirnos cuando abandonábamos la sala, Adriana se apresuró a notificarme que estaba separada y que compartía con tres gatos un departamento. Nos conocíamos de cuando su marido y yo correteábamos chacinados para la misma empresa. La voz ronca, hablaba y fumaba mucho. Como ya era habitual, yo hablaba y fumaba con moderación. En un café me contó que andaba a la caza de chofer para su Ami: no sabía manejar y se negaba a aprender. Vendía a farmacias sacarina y bicarbonato. Mostré interés por la vacante, aunque por esas cosas (y bolas sin manija), casi no había estado ante un volante tras mi oprobiosa obtención de la licencia profesional. (Clases y más clases de conducción de automotores en academias de Parque Centenario. En una, dos series de diez clases. En otra, una de diez y otra de cinco. En otra, una de cinco. En otra, una de diez. En el examen, pretendiendo estacionar, volteé un caballete. Pero había estado magnífico en el teórico: que dónde quedaba el Hospital Pirovano, que cuál era la continuación de San Pedrito. Tomé más clases en otras academias. Por fin, en un examen en el que también volteé un maldito caballete, me aprobaron [apalabrado influyente en la Dirección de Tránsito].) Fue así que combine con Adriana horarios de trabajo y pago. Practiqué durante una mañana y a la siguiente, después de sacar el Ami del garaje, la pasé a buscar en plan laboral. Una noche me pidió que subiera a su departamento dos pesadas cajas. Jugué con los micifuces. Acepté pan con manteca espolvoreado con azúcar mientras salíamos al balcón. Como por inercia me insinué físicamente. Me eludió preservando acaso el incipiente vínculo empleadora-empleado. Procuró al rato retenerme, pero acaso preservando el incipiente vínculo empleado-empleadora, me fui. A las cuatro semanas, en una esquina de Villa Pueyrredón, por embatatamiento mío, choqué a un taxi. ¿La piña?: importante. Adriana no me saluda desde entonces.

Me siento culpable como si hubiese sucedido ayer. No digo que soy piloto de fórmula uno, pero ahora manejo bien. Guío un camión (Scania) con acoplado en el tramo Zapala-Buenos Aires. También, Patquía-Rosario. Y antes conduje micros de la Chevallier. Cuando el martes me crucé con Adriana por el obelisco, dio vuelta la cara. Parece mentira. Lo que es el rencor. En la actualidad tengo la edad que entonces ella tendría. Y está apetecible. Más que antes, qué diablos, sin duda. Y sin duda, Adriana, aunque reniegue, Adriana, me debe un romance.




PARA NO MORIRNOS HASTA MAÑANA

ALBERTO SZRETTER

PUERTO RICO - MISIONES


Cuando estamos en peligro, en peligro de muerte, nos agarramos de cualquier cosa.

Un martillo, un palo, una soga, un arma de fuego. El instinto de conservación nos hace prendernos de una manija, un asa.

Por eso nos "asimos" de algo en la desesperación del peligro fatal.


Nosotros nos agarramos de las palabras.

Las palabras son la prolongación de nuestro cuerpo, tal cual un utensillo que alarga el brazo en defensa y ataque.

Ahora solo nos falta definir el peligro, el diagnóstico de peligro grave, de muerte.

Y definir la palabra como lo más valioso que poseemos para sobrevivir.


La palabra nació con el Homo sapiens, quizás hace 50.000 años. Antes solo había ruidos guturales.

En forma simultánea nació el arte.

Los seres humanos somos tales por el uso de lenguaje simbólico. Nada nos diferencia más de resto de los animales.

Salvo pocos genes somos casi iguales a los primates superiores.

Y algunas de nuestras proteínas son muy similares a la de otros mamíferos (las insulina del cerdo y la humana, por ejemplo).


Pero nosotros tenemos el lóbulo frontal que hace a la distinción. Y él utiliza a la palabra como extensión de los sentidos.

El pensamiento está ahí.

Y cuando escuchamos a otra persona la percibimos a la palabra como si fuera un miembro del que habla.

Es que somos el lenguaje. Estamos en él como en nuestro cuerpo.

Cuando nos sentamos a escribir abrimos la caja de nuestra alma como un obrero abre su caja de herramienta.

Escribimos porque nos empujan las sensaciones, las imágenes, las ideas, el deseo de que nos amen, o para provocar, etc

Pero sobre todo escribimos porque estamos en peligro de muerte.


Nacemos, comemos, eliminamos desechos, crecemos, trabajamos,

nos amamos y reproducimos, nos odiamos, nos festejamos, y nos apenamos, etc.

en un sube y baja cíclico eterno.

Todo muy lindo.

El problema es que el escritor sabe, y sabe muy bien como todo artista, que nos vamos a morir.

Que él se va a morir. Y esta es la tragedia.


La tragedia del escritor es su conciencia (mayor o menor) de la muerte.

Pero el asunto se magnifica cuando ese poeta sabe, se da cuenta, de que todos nos vamos a morir.

Este pensamiento no es triste. Está bien que nos muramos. Triste sería que viviéramos para siempre.

La contradicción se da por el peligro de partida (no sabemos cuándo) y el deseo de quedarse un poco más.


El arte se mueve desde la impronta de manos y dibujos de bisontes y caballos en cavernas.

El antepasado que en aquel hogar primitivo puso su palma y sus dedos y bosquejó una cuadro de caza estaba diciendo yo soy este.

El moderno escritor que elabora un poema, dice lo mismo.

La afirmación es la manifestación tajante de una terquedad que a la postre es derrotada: el deseo de vencer el peligro de desenlance último.


Peleamos contra un designio atroz. Peleamos contra molinos de viento. Escribir es una quijotada.

Y tal cual el Caballero Andante hay que ser bastante loco para salir a hacerlo. Pero no nos queda otra cosa. Debemos asirnos de algo

en un torbellino que todo lo arrastra. Y esa tarea ímproba, terrible, responde a una voluntad de vencimiento

(no importa que sea vana, pues quedarán las obras).


Nuestra palabras no solamente servirán a la libertad, sino que la requerirán.

Por eso los libros no tienen una "finalidad sin fin" (expresión kantiana) sino un supremo esfuerzo de sobreponerse

al destino propio y del prójimo desde una libertad creadora insólita.

Los libros nuestros (sea cual sea el soporte que los materialice o incluso la calidad de lo producido)

suponen -entonces- la puesta en escena de un época.

Importan (interesan a la sociedad) porque están diciendo aquí estamos, somos nosotros.

Ëramos pobres; éramos criollos; éramos colonos de lengua dura, éramos ricos y oscuros y claros; teníamos los ojos vidriosos u opacos;

y la tez morena; y amábamos o teníamos miedo de amar; y nos embargaba una bronca fenomenal o un entusiasmo inveterado;

o inventábamos empresas, emprecitas para sobrevivir, para parar la olla; y creíamos que estábamos escribiendo la gran obra;

y tomábamos mate y mirábamos la lluvia de esta y esta manera...


Y pensando de que todo depende de la lluvia con que se mira, íbamos y escribíamos

el dolido poema de la tarde.

Poníamos por escrito lo mismo, o casi, que hace añares alguien murmuraba a su compañera, descansando con un ojo

en la penumbrosa entraña de la tierra.

Las palabras como el hacha se fueron puliendo

pero es la misma hacha.


Las palabras son

la herramienta que nos ayuda a creer que no vamos a morir hasta mañana.-.






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