CRONICAS DE LA VIDA REAL

ACERCA DEL 12 DE OCTUBRE



El trabajo de oficina es increíble. Diariamente desencadena una enorme lista de malhumores que no siempre se superan con el cafecito de media mañana. Un error, uno solo (chiquito como un cero sobrante o un cinco menguante) es suficiente para ir de cabeza a la guillotina, lo que equivale a caer en la boca del pez gordo (o sea de mi jefa) y soportar sus gritos blasfemando por lo inútil que es el personal de la Institución y bla bla bla…

Sin embargo, como todo en la vida, el secretariado administrativo tiene su lado positivo, y es que la rutina de revolver marañas de archivos tarde o temprano desemboca en una nueva profesión: Exploradora Histórica.

Hablo en serio; gracias al entrenamiento de revisar fichas, carpetas y expedientes con devoción apoteósica, he conseguido remontarme en el tiempo casi con la misma naturalidad con que Harry Potter domina las marchas y frenos de su escoba.

Ahora puedo levitar, mano a mano, sin trampear con sillas ni escaleras, a la misma altura del loro hablador de mi abuela. De niña no le sabía el color de los ojos y en este momento los veo. Son amarillos. Amarillos como granos de maíz… o como las cintas que llevo en el pelo un doce de octubre de mil novecientos sesenta y pico.

Estoy en tercer grado. La maestra traza la fecha en el pizarrón y yo me entretengo masticando el lápiz, porque los chicles están prohibidos.

El pupitre tiene un agujerito a la derecha y corazones, y nombres y “machetes” de otros alumnos que estuvieron antes. Entonces la maestra dice” A dibujar” y de la nada emerge un hombrecito rubio, de corte taza y sonrisa triunfante. No se porqué le pongo sonrisa, quizás porque me gusta que todo sonría en mi cuaderno: el sol, los pájaros… las flores.

Me esmero en la reproducción del héroe, y cuando llego a casa y le muestro la obra de arte a papá, hace una mueca de desprecio.

No le gusta como dibujo, pienso gravemente desalentada. Pero no es eso.

En la escuela me enseñan, año tras año a celebrar el Día de la Raza, sin embargo papá argumenta que esas son mentiras, que no hay que festejar nada.

Mamá se ofende y sale a la huerta. Prefiere “desbichar” los repollos que al menos nos dan de comer, ya que las discusiones raciales, al igual que las religiosas o políticas, únicamente sirven para generar discordia.

Mamá cruzó el Océano en un barco lleno de gente y de adversidades. Prefiere no hablar de eso. Su vida empezó acá. A machete y azada, a sudor y esfuerzo.

Papá es paraguayo. Masca tabaco mientras señala el sol con un dedo todo sucio, lastimado, domado por la tarefa.

- Ese sol- Dice en guaraní - Es americano.

Mamá suspira fastidiada.

- Ese sol, es “mugticultugal”- Refuta, en un dialecto misceláneo, revoltijo de alemán y castellano.

Él ríe, como el sol de mi cuaderno. Ella clava dos puñales de aguamarina sobre su mirar de rudo azabache.

Se odian un instante, luego olvidan y vuelven a amarse a la hora del mate, mientras se deleitan con chipas y strudel de manzanas recién salidos de la cocina a leña.

Entretanto crezco. Me estiro. A lo alto y a lo ancho de los años.

A veces me siento un híbrido, una gran masa blanca que ve la vida a través de mansos ojos transatlánticos, y que la siente con pasión, porque así es la sangre latinoamericana: como una novia apasionada.

Pienso en este asunto de las razas. Siempre dividiendo a la humanidad en colores: los negros, blancos, amarillos… mestizos. O en virtudes: Los mejores, los peores…los que no sirven para nada.

¡Pobre nuestro mentor! no previó que la unidad creada sería desmembrada por sus propios componentes. Habrá pensado que entenderíamos la correlación origen/ cultura como un magnífico regalo. Si fuese así, tomaríamos conciencia de que la mixtura cosmopolita viene rebosante de contrastes, precisamente para salvarnos de nacer y morir en un mundo sin sorpresas, sin descubrimientos, ni encuentros….

¿Hablaríamos de cultura sin cultura? ¿Seríamos sociedad… pueblo, sin cultura?

A esta altura, el Colón de la infancia ha empequeñecido al tamaño de mis nueve años…

¿Festejamos qué? ¿Un genocidio? ¿El nacimiento de una nueva civilización inspirada por la atracción incontrolable que sugieren los opuestos? (Seamos francos ¿quien no fantaseó con un affaire monocromático alguna vez eh?)

Día de la raza… ¿Cual? ¿Qué?

¿La raza humana? Si fuera así, si acaso celebráramos nuestro cumpleaños de seres humanos ¿No estaríamos excluyendo a los animales y a las plantas? ¿Acaso no llenan ellos la vida con su presencia simple y generosa?

Estamos en la era de Internet y ya mismo estas letras pasean por Beirut, Perú o Las Bahamas. Entiendo que a pesar de las distancias nos hemos aunado lo suficiente como para seguir señalando diferencias…

¿Que tienes tú que no tenga yo? Y viceversa…

Hoy, 12 de octubre, brindo por lo que tenemos en común. Un corazón. Una vida.

Festejemos eso. La magia del universo. La vida que le da vida a la vida.

Y como un cero sobrante o un cinco menguante, ocasionan errores… ¡dejémonos de calcular!…y simplemente…SUMEMOS.

Por. Gertrudis Amarilla
(Alias Carina Ruggiero)

* La autora no se responsabiliza por las similitudes que estas crónicas puedan sugerir respecto a la vida de otras personas o personajes, quedando exenta de cualquier demanda por daños y prejuicios proveniente de la incorrecta digestión del texto.




























































































Estadisticas y contadores web gratis