LA CULTURA DE LA FRIVOLIDAD
“¿Hacia dónde nos guía la cultura de la frivolidad? ¿A dónde, la manía de repudiar el natural paso del tiempo? ¿A dónde vamos, si ni siquiera nos atrevemos a SER?”

Tempranito en la mañana, hice tripas corazón y me probé la bikini que tan bien decoraba mi treintena. No hubo caso. A los cuarenta y pico me dolió como una patada en el hígado
No obstante, decidida a robarle el sol a noviembre, me calcé las chancletas de entrecasa, encendí un cigarrillo y con dos porciones de sopa paraguaya en cada mano puse en marcha el Ford A del abuelo para experimentar la aventura.
Invariablemente, cerca de fin de año, ya no soporto ni a la gente ni al trabajo, y el sábado sentí muchísimas deseos de estar sola.
Según el psiquiatra “padezco brotes ascetas” yo creo que es la necesidad de vida o muerte de desaparecer, de borrarme del mapa, de volverme invisible para el mundo.
Reconozco que quedé confundida desde que Roberto cambió esta vieja Ranchera por un modelo 0 Km. Además, mi hijo no esta nunca. Bueno, sí está, pero se la pasa encerrado en el cuarto, mirando el techo, patas arriba, con celular, Mp 4, notebook y ¡que sé yo que otras tecnologías en mano!
Pero esto no viene al caso, lo cierto es que estaba deprimida (quizás la culpa la tenga la menopausia…mmm, no lo había pensado) y creí que yendo al arroyo, conseguiría huir de mis fantasmas.
Bajo esa consigna me fui, traqueteando con el fiel amigo de cuatro ruedas, conquistando el turbulento callejón de tierra hasta dar, con el lugar soñado.
Luego de corroborar que el sitio estuviera vacío y de que nadie testificara mi osado atuendo de dos piezas, estacioné y bajé los bártulos: el canasto del mate, toalla y repelente.
A casi un año de no tener contacto con el río, inauguré esta temporada entusiasmada, agradecida de vivir en el paraíso.
Sentí un placer enorme al zambullirme, el agua estaba fresca, reconfortante. Decidí entonces cerrar los ojos y navegar, acompañando la corredera con mis brazos, imitando el suave aleteo de una mariposa.
Arriba, un cielo purísimo. Abajo los peces… y unas rocas de miércoles que dos por tres me clavé en las costillas, pero no importa.
Todo iba de maravillas, sin embargo, como no existe el plan perfecto, al salir tropecé con el infierno.
¡Sí! ¡El pueblo entero! ¡Todos! llegaron en esos minutos de gloria en que distraídamente despegué de la realidad.
Allí estaban mis vecinos, el almacenero, el curita Manuel enjuagando la sotana con espuma, la peluquera, los amigos de Roberto… ¡¡¡Roberto!!! con el cero kilómetro.
Era una multitud mirándome como a la triste ballena Wally… ¡A mí, que fantaseaba con pasar desapercibida!
Subrepticiamente me topé con esas risas, zarandeándose insolentes debajo de las manos que ocultaban sus bocas, y quise llorar.
Afloró el instinto primario de zurcir mis rollos, de hundirme en el agua y ahogarme, o de hacerme la ahogada (Quizás, en una de esas a Roberto le daba culpa y se zambullía para rescatarme)
Tremendamente avergonzada de los excesos de un cuerpo sobrealimentado, seguí pataleando en la agüita, disimulando la humillación, como si no pasara nada.
Sin embargo, como tampoco existe la oscuridad eterna, de un momento a otro se hizo la luz.
- “Humanos…”- Me consolé.
Y de puro despecho, para alimentar aun más la crueldad de sus burlas, trepé, con denodado esfuerzo a la cima de un paredón de piedra y me lancé al vacío, con las alas abiertas y el corazón en llamas.
(Ustedes, queridos lectores, imaginarán el espectáculo: cien kilos de mujer en bikini volando como una palomita)
Cuando asomé la cabeza en la seguridad del agua, una multitud vitoreaba mi hazaña. Incluso Roberto parecía estar orgulloso de lo que había perdido, porque se le infló el pecho y era el que mas fuerte gritaba.
Mil chiflidos, mil aplausos escoltaron los requechos de una rabia que poco a poco se fue diluyendo, cuando por fin comprendí, que gracias a mí…ellos reían.
Tomé el acontecimiento como un regalo, como un excelente asesinato de rutina.
Como una manera de enfrentar a nuestros propios demonios desafiando a los miedos, a nuestras estúpidas vergüenzas, con humor.
Años atrás, curvilínea y esbelta, no despertaba cariño popular, sino lujuria singular.
Años atrás, me lanzaba desde la misma roca, muy segura, porque sabía que nadie iba a reírse de mí, y en cambio, les quitaba el aliento a los hombres y la envidia a sus mujeres.
Años atrás no era yo. Era un proyecto de mí. El cimiento de esta enorme casa que hoy habito.
Quien diría…Encontrarme fue maravilloso… (Y eso que salí, para esconderme)